El tren


Infidelidad El tren EL TREN

El primer tren de la mañana. El que vuela entre farolas iluminadas con antorchas amarillas en la noche aun fría para el hombre, pero no para el cuerpo. Llevaba bajando a trabajar en el tren de las seis como dos años. Al principio no conocía a nadie, pero seres mad**gadores a esas horas, y en una región tan pequeña como esta, no somos muchos. Así que al final nos juntábamos poco mas de siete u ocho habituales que nos repartíamos entre los tres vagones del Renfe de las seis.
Yo siempre he sido aficionado al vagón de cola, y en este caso, siempre íbamos tres o cuatro personas. Dos chicas jóvenes que trabajaban en un empresa de paquetería, una señora cincuentona que era limpiadora y yo, un humilde operario de oficina naviera. La verdad que las dos jóvenes, que no pasaban la treintena, no estaban mal, pero la que de verdad me gustaba era ella, María, cincuenta y cuatro años, no se si bien o mal llevados, por que en eso entra el gusto de cada uno, pero si que puedo decir que con unas piernas perfectas (además era habitual que llevara faldas) y unas tetas grandes y redondas como a mi me gustan.
Y por María fue por lo que abandone mi habitual indiferencia entre la música de mi ipod, y fui acercándome al grupo, pues las tres mujeres siempre iban juntas. Al final, con diversas artimañas, llegue hasta ellas, y comencé lo que era mi placer matutino, sentarme allí, frente a María y distraídamente mirar sus piernas y sus tetas.
Habitualmente las otras dos, Rosa y Eva, bajaban una parada antes del final y me quedaba solo con María. En esos momentos, con cualquier escusa, ponía mi mano en su pierna o al bajar del tren dejaba el brazo un poco más atrás de lo necesario para poder rozar uno de sus pechos. Y era una putada, tengo que reconocerlo, por que después me iba caliente y cavilando en todo lo que podía hacer con ella los veinte minutos que tenía andando hasta el trabajo, donde más de una vez llegaba con mi verga erecta dentro de los vaqueros, presionando, queriendo recordar lo que se estaba perdiendo entre las carnes maduras de María.
Cuando íbamos solos, por que las otras dos faltaba, intentaba comenzar conversaciones subidas de tono, o más verdes de lo normal, o tratando de picarla con su marido, un sesentón aburrido y sin muchas ganas de hacer nada, o eso deducía de las charlas con ella.
Al final de esos dos años la empresa decidió que mi trabajo era importante, demasiado como para hacerlo en España y decidieron que dos semanas tenía que trasladarme a Londres. Una putada. Yo era feliz con mi vida, en mi casa, con mi familia, con mi mujer, con mi compañía de cada mañana en el tren.
Al día siguiente en el tren iba a contárselo a las chicas, pero algo me hizo esperar. Que más daba ese día que otro más adelante. Finalmente paso la semana, y el viernes, iba solo con María en el tren. Y decidí contarle que me iba.
- Bueno, - comencé titubeante ? sabes, pronto vais a perderme de vista?
- ¿Y eso? ? pregunto sorprendida - ¿Cambias de hora de tren?
- Peor. ? respondí ? Me marcho. Me largan para otro sitio la empresa, al parecer les gusto, pero para trabajar en Londres.
- Vaya, - dijo ella con pena ? la verdad no se si alegrarme o no.
- Tranquila, ya respondo yo, no te alegres, al menos no por mi. ¡Qué maldita la gana que tengo! ? la dije, y por algún motivo que aun hoy me pregunto continué ? Y no veas, si me jode por algo, es por esto. Dejar de venir contigo en el tren.
- Ja ja ja, no digas tonterías, ¡ni que fueras a echarnos de menos! ? dijo.
- Pues mire, - continúe ? a ellas puede que no, pero a ti si. Sin bromas, y de lejos, eres la tía mas guapa y sexy que viaja en este tren.
- Tonterías. Anda, anda para. No digas mas chorradas. ? dijo. ? Si soy una vieja, como vas a compararme con las otras a las que saco casi treinta años?.
- Para mi, - dije ? las sacas treinta puntos en todo. ? y ya lanzado ? Ya quisieran ellas tener ese cuerpo tuyo, con esas piernas que enamoran y esas tetas grandes y duras?.
Acto seguido me arrepentí de inmediato de mis palabras. Pero ya estaban
dichas. Y sucedió la lógica, unos largos minutos de silencio. Yo con la cabeza cabizbaja y María mirando por la ventana. No sabíamos que decirnos.
Y el tren arranco.
Pasó otro par de minutos y entre el traqueteo del tren clave la mirada en esas piernas que iba a perderme para siempre, y en ese momento, María las separo un poco, abriéndolas ligeramente hacía mi, pero sin dejar de mirar por la ventana.
?Suerte o muerte? decidí en ese momento, o esto era un señal o llevaba una ostia, pero era mi última oportunidad.
Pose la mano en la rodilla mas cercana y la acaricie suavemente. No dijo nada, y más importante, tampoco cerro las piernas.
Envalentonado, subí la mano por el muslo, bajando de la parte de arriba hacía abajo y retrocediendo a hasta los gemelos. Entonces, pase a la otra pierna. Llevaba meses soñando con poder tocarlas. Acariciar suavemente y sentir su piel fresca por la mañana y como su pulso subía. Al final tenía una mano en cada pierna y no paraba de subir y bajar por sus muslos, mientras ella movía los labios suavemente sin decir nada ni mirarme.
Avance con la izquierda hacia su jardín secreto y encontré una braguita blanca de encaje que encerraba una mata de pelo oscuro y suave que hizo que mi verga izara la bandera. Y mientras esta mano jugaba en ese parque, fui con la derecha hasta el otro objeto de mi locura, las tetas.
María llevaba ese día una camisa azul de botones dorados. Pase la mano por sus contornos sintiendo la dureza repentina de sus pezones. Estaba excitada, casi tanto como yo. Presione suavemente, y al fin pude comprobar la dureza de sus tetas. Eran como yo siempre había soñado. Redondas. Duras. Con un pezón grande que sobresalía de los pliegues de tela. Desate un botón de mitad de la camisa y metí la mano dentro. Era otro lugar cálido. Repleto de carne caliente.
Pero cuando fui a soltar otro botón, María me agarro la mano.
- El revisor. ? dijo ? Tiene que pasar.
Tuve que parar. Ella se ato la camisa y volvió a mirar al infinito, y yo,
sentado, cruce las piernas intentando contener mi erección galopante. Fueron los cinco minutos mas largos que recuerdo en mis treinta y cinco años de vida. Pero al final el revisor llego, tico los billetes, y ante un vagón solo ocupado por dos pasajeros habituales, se fue a seguir charlando con el maquinista en la máquina. No vendría nadie mas a m*****ar hasta la estación. Teníamos al menos veinte minutos de intimidad.
Volví rápido a la carga, sin esperar mas. Esta vez, con las dos manos a sus pechos. Desate los botones de la blusa y metí dentro mi cabeza. Bebí literalmente de esos pechos liberándolos del sujetador. Los sopese con mis manos mientras ella suspiraba. Estaba caliente, pero no sabía como actuar.
Hice que se levantara y la saque las bragas. La volvía a sentar, y con una mano dentro de su coño fui palpando su humedad, mientras mi boca intentaba sacar maná de sus tetas. Tenía la piel suave y temblaba ligeramente por el placer que sentía. Sus pezones estaban cada vez mas duros, pero mi polla necesitaba rápidamente un poco de libertad. Saque la mano totalmente mojada de entre sus piernas, y sin querer soltar esas tetas redondas y llenas de carne, libere el rabo da trabes de la bregueta del vaquero.
Al final la solté, desaté la correa y abrí el botón para dejar mi miembro erecto mas libre. La cogí la mano y se la acerque a mi polla. La acaricio con miedo mientras la miraba sorprendida.
- Es grande? - dijo ? hace mucho que solo veo la de Juan?
No respondí. Hice que se arrodillara ante mi y metí mi rabo palpitante en
su boca. Que placer. Parecía que mi polla se hacia mas grande entre sus labios. Vibraba de placer mientras con una mano hacía que cogiera ritmo su cabeza entre mis piernas. A ratos la metía hasta su garganta la dejaba dentro unos segundos y volvía fuera para sentir el ritmo rápido de su boca, y otras veces, la sacaba fuera y la hacía pasar su lengua por mi capullo como si fuera un rico helado de fresa. ¡Que placer! Esa mujer, una cincuentona que hacia años que no disfrutaba mas polla que la del aburrido de su marido se dejaba hacer. Seguía con prontitud cada indicación que daba, y disfrutaba de cada una de ellas.
El tiempo pasaba rápido y no quería dejar mi leche en su boca. La senté dejándome caer de rodillas entre sus piernas, metí la lengua entre esa mata de pelo para llegar a su clítoris, y durante unos minutos intensos en los que podía oír su jadeo entre ?¡Joder, joder, joder!? que salían de su boca, chupe su dulce néctar femenino mientras mi mano libre jugaba ahora con su culo, ahora con sus tetas.
El tren avanzaba rápido, con pequeñas paradas en estaciones vacías donde no montaba nadie. Subí su falda y la hice ponerse de rodillas sobre el asiento. Me coloque detrás, y con poca delicadeza introduje el rabo duro dentro de ese coño, como tantas veces había soñado despierto camino del trabajo. Que placer, parecía que iba a correrme allí dentro en cada envestida. Como gemía María. Era una locura. Parecía que nunca la habían follado.
El traqueteo del tren ayudaba hacer mas intensas las penetradas de mi rabo en su coño. Era una delicia la postura. Podía agarrar sus tetas. Amasarlas. Exprimir sus pezones. Y, pasar mi lengua por su cuello descubierto solo para mi. Mientras mas gemía ella, más me excitaba yo.
Y fue entonces, en ese momento de placer, cuando de pronto me di cuenta de los dos años perdidos, de los gozos que podíamos haber tenido María y yo en este tiempo. Ahora tenía que irme, y posiblemente este sería el primer y último polvo con ella. Tenía que aprovechar al máximo.
Metí los dedos en su boca, y cuando estuvieron bien húmedos, baje por su culo hasta el agujero sagrado. Ella se sorprendió y emitió una pequeña queja cuando el primer dedo mojado entro por su ano, y un soplido mas fuerte con el segundo.
- ¡No, no!, nunca lo he hecho por ese sitio. ? dijo
- Tranquila, - intente calmarla ? va gustarte, perrita, ya veras como es algo para que nunca me olvides.
Era increíble, pura suerte, iba a estrenar a esa hembra de cincuenta y pico
tacos el culo. ?¡Dios que suerte!?, pensé en ese momento. Y sin mas, humedecí todo lo que pude la zona sin dejar de follarla.
Cuando estuvo listo, saque mi polla mojada, y, intentando hacerlo con cuidado la pose sobre en su culo, pero entonces, un frenazo del tren hizo que mi rabo duro y caliente entrara de golpe en ese culo gordo y apetecible. Fue increíble, que placer sentí entre esas pareces estrechas sin estrenar.
María gimió con locura, primero de dolor, pero tras varias embestidas, de placer. Sus ojos estaban perdidos entre el dolor y gozo. Y yo no perdía oportunidad. Metí de nuevo la mano en su boca, la humedecí de nuevo, y bajo a trabajarla el coño mientras no dejaba de envestir ese culo viejo, pero nuevo para muchas cosas.
En un momento me di cuenta que estábamos cerca, no había por desgracia mucho mas tiempo. Saque la mano del coño húmedo por sus orgasmos, y montado sobre ella, la agarre con fuerza las tetas, y comencé a darla más y más rápido. Sentía mi polla tan dura que estaba a punto de explotar. Y al final, así fue, dentro de su culo virgen deje el regalo de toda mi leche. Aun así seguía caliente, no podía dejar de meter la polla en ese cuerpo que durante dos años había deseado todas las mañanas.
El tren paro en la anteúltima parada. Teníamos cuatro minutos, no mas. Saque mi rabo, la senté, y se lo metí en la boca, hasta atrás. Sintiendo sus labios y su lengua, e hice que me lo chupara rápido, una limpieza profunda para sacar las últimas gotas de semen.
Cuando sentí que estaba vacío y limpio, lo saque y con un gesto la indique que se vistiera. Pero cuando fue a coger la bragas, no la deje.
- No, estas no ? la dije ? estas son un recuerdo de hoy para toda mi vida.
- No jodas, dámelas por favor. ? me suplico.
- No, no, no, o acaso no merece un premio el hombre que ha montado por primera vez ese culazo tuyo. ? dije.
Y no respondió nada. Tampoco había tiempo. El tren paro. Habíamos
llegado. Nos hicimos los remolones en el anden y antes de entrar en la estación nos dimos un largo beso. Sabia a sal y estaba caliente, pero fue algo reconfortante, lleno de vida y amor. Y así salimos cada uno con destino a nuestros trabajos, ella limpiar oficinas, yo llenar y vaciar barcos desde un escritorio.
La semana siguiente no hubo ningún día que fuéramos solos, y era mi última semana. Cuando las otras dos bajaban en su parada, aprovechábamos como podíamos esos cuatro minutos, pero eso, son otras historias.



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