Conociendo al señor Manuel III


Infidelidad Conociendo al señor Manuel III La puerta se cerró, y allí me quedé acabando de recoger las últimas cosas de la cocina, mientras el señor Manuel iba al baño para darse una ducha.

Al salir, yo fui a mi dormitorio también, y cogí un camisón fresquito para después de la ducha. Hacía tanto calor, que me vino de perlas el agua fría. Mis pezones se pusieron realmente firmes.

Cuando salí del baño para dejar la ropa en la lavadora, todavía no había salido nuestro vecino, y le sentía afeitarse, así que me senté a oscuras en el salón a ver la tele. Estaba tan cansada, que no me di cuenta, y caí dormida antes de que entrase él en el salón. Un ruido de la calle me sobresaltó, y allí estaba yo, dormida, con la tele puesta, y nuestro vecino también se había quedado dormido en su sillón. Miré el reloj, y era más de la una de la mad**gada, así que me levanté a beber agua. Al dar la luz de la cocina, nuestro vecino se despertó, y entró a da un trago también.

- Perdone, Manuel, pero me quedé dormida.

- No te preocupes, María. Yo también me he dormido, estaba muy cansado.

- Es muy tarde, así que creo que deberíamos ir a dormir, que hoy parece que no va a haber tormenta.- Le dije con los ojos soñolientos .

Me metí en la cama, con la persiana ligeramente levantada, pero me había desvelado, y el calor no ayudaba conciliar el sueño. Desde la cama escuchaba los ronquidos de nuestro vecino, y por más que intentaba dormir, no lo conseguía. A pesar de que me quité el camisón, el calor se hacía insoportable, y los minutos y las horas iban cayendo. Debían ser las 4 de la mañana, cuando me decidí a levantar para hacer un pis. Tenía una buena sudada, así que me di una ducha con agua fría que me alivió esa sensación de agobio, y salí a dejar en la lavadora las bragas sudadas. No quise dar la luz para no despertar al señor Manuel, pero los ronquidos habían cesado. Seguro que el ruido de la ducha le había despertado. Por si acaso pasé por delante de su habitación palpando y sin apenas ver, al no tener los ojos hechos a la semioscuridad por haber estado con la luz del baño.

Iba a entrar en la cocina, cuando choqué con alguien que salía de allí, y solté un grito de terror, propinándole un tremendo empujón, mientras yo trastabillaba hacia delante por la fuerza de mi golpe, a la vez que una mano me agarraba del brazo para no caer.

- María, tranquila, soy yo. - Susurró el señor Manuel a la vez que me sujetaba de un brazo.

Yo era casi incapaz de hablar por el susto tan tremendo que me había llevado, pero me quedé quieta al escuchar su voz.

- Lo siento, Manuel. Vaya susto. Perdón...- Le dije con la voz entrecortada y el corazón que parecía que se me iba a salir.

- Perdona, tú. Me levanté al baño y entré a oscuras a beber agua. Debería haber dado la luz.

- ¿Le he hecho daño?

- No mucho, tranquila. Me detuvo la pared, y te agarré del brazo para no caer. No pasa nada, peor ha sido el susto que te di.

Rápidamente di la luz de la cocina sin pensar que estaba desnuda. Y el señor Manuel, a pesar de haberme visto ya desnuda, no pudo evitar mandar una mirada rápida a mi cuerpo.

- ¡Pero si tiene un golpe tremendo en la espalda! Voy a ponerle algo frío, que eso se puede inflamar.- Y sin darle opción, saqué un paquete te guisantes del congelador, los envolví en un trapo, y apoyé en su espalda, poniéndome detrás de él.

- Muchas gracias, María, pero no creo que sea para tanto. Ha sido un golpe sin importancia.

- ¡Cómo que sin importancia, si lo tiene rojo y marcado el borde de la puerta! Seguro que mañana le sale un moratón. Túmbese en la cama, que le apoyo esto un rato más, y veo si puede mover bien el brazo de ese lado.

Le acompañé a la habitación, y allí se tumbó panza abajo con su pantaloncito de pijama únicamente. Y mientras hablaba con él, me senté a su lado, y le mantuve un par de minutos más el envoltorio que había hecho.

- A ver cómo está.- Y al levantar pude ver que seguía la marca del golpe. Toqué con los dedos, y el señor Manuel dio un pequeño respingo de dolor.

- Tranquila, me duele un poco al tocar, pero, mira, el brazo lo muevo sin problema.- Y se giró sobre la cama quedando panza arriba.

Yo allí estaba, con la luz de la lamparilla, desnuda, y sentada en su cama.

- Ay, cómo lo siento. De verdad que lo hice sin pensar.

- No te preocupes, la culpa fue mía.

- ¿De verdad que está bien?

- Muy bien, María. Y con tus cuidados más.

- Si necesita algo o le duele más, no tiene más que llamarme.

- No te preocupes, que estoy muy bien. No ha sido para tanto.

- Voy a llevar esto al congelador, y dar un trago de agua. Y ahora vengo a ver cómo sigue el golpe.

Entré en la cocina, tomé algo de agua fresquita, y regresé para ver cómo estaba el señor Manuel. Al volver le vi tumbado en la cama, y tapado con la sábana hasta la barriga.

- ¿Pero se encuentra bien? Con el calor que hace, y tapado con la sábana. ¿Tiene frío?

- Si hace calor, no te preocupes, pero se me debió quedar la tripa fría.

- Le doy un masaje, a ver si le entra en calor... - Y sin darle tiempo me volví a sentar en su cama y le empecé a frotar la barriga. De pronto noté porqué se había tapado. Tenía una empalmada considerable, y al pasar la mano por la parte baja de su estómago, palpé la punta de su pene tapado por el pantalón. El estar allí desnuda, y sentada a su lado poniéndole frío, imagino que era algo a lo que no estaba acostumbrado, y sin quererlo, le había provocado una erección de la que no me había percatado al salir de su dormitorio para dejar los guisantes congelados.

- Pero, Manuel, si tiene una erección. ¿Era esto por lo que se tapaba?

- Perdona, María. Me daba vergüenza, pero mientras me ponías el hielo, me pasó esto, y me siento mal por ello.

- Pero no se sienta mal, hombre. Estas cosas pasan.

- No quiero que pienses mal de mí.

- ¿Por qué voy a pensar mal? Está tonto. Anda, y destápese.

- Pero, María... - Me dijo sin apenas resistencia a mi mano quitando la sábana de encima de sus piernas.

- Vamos a ayudarle a bajar esa tensión.

Y sin pensarlo, tiré de su pantalón, dejando su miembro erecto al aire. Me puse de rodillas, y mis labios comenzaron a besar sus huevos primero, y poco a poco subieron por su polla hasta introducirla en mi boca. El señor Manuel no oponía resistencia, y se dejaba hacer. Su polla estaba realmente dura, y me encantaba saborearla. Me estaba poniendo tan caliente de ver lo firme e inmensa que estaba. Lo estaba disfrutando casi más que él. A pesar de sus años, era como que fuera un joven inexperto, y eso me hacía dominar la situación y sentirme realmente excitada.

La saqué de la boca, y me senté sobre su polla, y comencé a rozar mis labios vaginales y mi clítoris contra su miembro, solamente apoyada encima suyo, pero sin entrar en mí.

- Pero, María... ¿qué haces?- Dijo sin seguir oponiendo resistencia.

Mi sexo acariciaba su rico miembro, y mi lubricación hacía que patinara sobre ella. Las manos del señor Manuel agarraron mis pechos con fuerza. Le tenía descontrolado, apunto de correrse.

De pronto su cuerpo dio un impulso más hacia abajo, y la punta de su polla apoyó en mi vagina, y de un rápido movimiento, su pene entró hasta el fondo sin ninguna resistencia. Sentí un tremendo escalofrío de placer. Era más gruesa y larga que la de José, y noté que entraba hasta el fondo.

El señor Manuel intentó salirse al ver que me había penetrado, pero yo me senté más fuerte sobre él para que no se escapara, sintiendo toda su largura de su miembro dentro de mí.

Su respiración empezó a tomar fuerza. De pronto hizo un movimiento brusco, y su pene salió de mí, a la vez que jadeaba, notando como su polla apoyaba en mis nalgas, y eyaculaba sobre ellas y mis lumbares.

- No salga.- Es lo único que pude decir presa de la desesperación de no sentir su orgasmo en mi interior ante la calentura que yo también tenía.

(Continuará).

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